Cuando empecé la escuela primaria, mi mamá descubrió que por las tardes se impartían clases de ballet en el mismo colegio. Sin saberlo, ese sería el comienzo de un viaje que me acompañaría durante toda la vida, lleno de aprendizaje, práctica y disciplina.
Cada final de curso participábamos en un festival donde compartíamos con nuestras familias todo lo que habíamos aprendido, interpretando obras como El lago de los cisnes o La bella durmiente. Aquellas primeras experiencias sobre el escenario despertaron en mí una pasión que nunca dejó de crecer.
Con el deseo de profundizar en mi formación, audicioné para ingresar en la Escuela Nacional de Danzas de Buenos Aires (Argentina). Allí recibí una educación artística integral, orientada tanto a la interpretación como a la enseñanza, la exploración del movimiento y la creación coreográfica.
Mi formación se complementó con asignaturas como música, francés y expresión corporal, que ampliaron mi mirada sobre el arte escénico y la autenticidad del cuerpo en movimiento.